De modo que así había muerto Camila y así iba a morir Arturo Bandini (…). De pronto me vi con el agua hasta la cintura, cojo y demasiado lejos para hacer nada, bregando con la mente en blanco, con desesperación, tratando de tomar nota de todo, preocupado por el exceso de adjetivos. La ola siguiente me hundió una vez más, me arrastro hasta donde el agua cubría treinta centímetros, y con manos y rodillas salí reptando de aquel agua que cubría treinta centímetros, al tiempo que me preguntaba si de todo aquello me saldría por lo menos un poema.